El Pávido Návido y el cordón del churumbel

20110606

Gata cenicienta

Si leemos versiones antiguas del corpus de textos que, en su conjunto, reciben el nombre de “cuentos de hadas” no pensaríamos en los niños como sus naturales destinatarios. De Charles Perrault para atrás, en la línea del tiempo, no encontramos una línea clara entre lo dirigido a los infantes y lo apto para los adultos.

Soy de la opinión que el arte tiene un sólo público: el ser humano, pero comprendo que las características de las personas cambian con la edad debido a muchos factores, dichas características no son sólo físicas, muchas de ellas son construcciones sociales que corresponden al contexto en el que se desarrolla cada persona.

Millones de personas, alrededor del mundo, siguen careciendo de infancia en pleno siglo XXI, la necesidad económica, las condiciones sociales, las exigencias adultas, limitan o expanden el tiempo que dura este proceso.

La infancia es un invento relativamente reciente pero sumamente arraigado en las ideas pequeñoburguesas de ciertas sociedades, para el caso, la nuestra. Pensamos a la niñez como ese momento idílico de la vida en el que se desarrollan la inteligencia, el cuerpo, los hábitos, etcétera y, por tanto, es necesario cuidar todos los detalles que rodean a las personas en ciernes que son los niños. Por ello nos sorprende que en épocas anteriores –arcaicas y bárbaras, claro- los niños no existieran y fueran tratados como personas pequeñas; y en países subdesarrollados y sociedades primitivas sigan explotando a los niños y utilizándolos para saciar todo tipo de necesidades –claro, aplaudimos a los Pequeños gigantes de Televisa y escondemos la mirada cuando algún infante en la calle nos pide una moneda.

La llamada “literatura infantil”, para volver al inicio, vive en una constante duda al respecto, ¿quiénes son los niños?, ¿de qué ha de hablarles la literatura a los niños?, ¿qué puede, y qué no, decirse en un libro para niños? ¿cuál es la imagen que, sobre el niño, debe reflejarse? Preguntas difíciles, muchas veces contestadas al frío del deber ser, el pudor y la hipocresía.

Por ello, es de celebrarse la llegada de libros que no respondan a ellas, que, más bien, ahonden las preguntas y quebranten los límites.

Tal es el caso de Zezolla, el más reciente título de Rodolfo Castro. Con una versión de la tradicional –después explico el porqué del adjetivo- Cenicienta, el narrador recrea la cotidianidad de la edad media para llevarnos a descubrir los más oscuros sentimientos, siempre acompañados de las más humanas debilidades, tanto que se confunden: odio, ambición, rencor, ira, lujuria, crueldad, maltrato físico, desprecio por los demás...

Rastreando en múltiples versiones, de las más diversas culturas y orígenes geográficos, Rodolfo localizó los elementos comunes que aparecen en Cenicienta a lo largo del tiempo y construye su propia versión con dispositivos de la oralidad –que le son muy propios-, construyendo un ágil texto, lleno de suspenso, descripciones estremecedoras y un personaje entrañable que vive en un mundo tan hostil como el que hemos preparado para los niños actuales.

Publicado como libro ilustrado, la obra se redondea con las magníficas ilustraciones que preparó Richard Zela, galopando entre el cómic y el álbum ilustrado. Los tonos sepias, las expresiones en rostros y manos, los trazos y pequeños detalles icónicos e iconográficos reflejan una ardua indagación en la imaginería medieval y una comprensión cabal del texto –además de la mano y el ojo de un minucioso editor.

Dos textos introductorios, del mismo autor, ponen en advertencia al lector acerca del mundo al que se trasladará, el lirismo del primero de estos se goza y da un gusto legendario al cuento mismo, colocándolo en la lista de aquellas obras prohibidas y reivindicando la labor del filólogo rescatista de libros –que ya había explorado Castro en El flautista antes de Hamelin. En el prólogo se esboza una interesante y no tan descabella idea de la vida medieval. Aunque, a mi gusto -y ya saben que yo soy conservador-, se vuelve un tanto extremista con los cuentistas del XIX, pero los extremos siempre permiten pensar.

Zezolla es, sin duda, un libro osado. Es de agradecerse el trabajo que Colofón, la editorial que lo saca a la luz, ha realizado para la publicación de esta obra, que los pone a la altura de otros sellos para niños y jóvenes que ellos mismos distribuyen. Ahora faltan los maestros, libreros, papás y bibliotecarios valientes que se atrevan a poner este libro en manos de sus adolescentes lectores.

Pero son sólo pensamientos…

Zezolla Texto Rodolfo Castro, Ilustraciones Richard Zela, Colofón, México 2011.

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2 Comentarios:

Blogger Carlos Sánchez-Anaya Gutiérrez dijo...

¡Gracias por la reseña, Pávido! Me gustó mucho. Como dices, esperemos que hayan muchos adolescentes curiosos que se acerquen a este libro y maestros, libreros, papás y bibliotecarios valientes que lo pongan en manos de esos adolescentes. Abrazo!

junio 06, 2011 7:08 p. m.  
Blogger Habitante del cuento dijo...

Hola Pávido. En la pesquisa de las primeras repercusiones del libro me he topado con la tuya. Mil gracias por el enfoque con el que abordas esta lectura y su recomendación. Espero que Zezolla cobre autonomía y enarbole su vara de almendro, y con ella haga mover las nubes que oscurecen el cielo de los cuentos.
Un abrazo
Rodolfo

junio 13, 2011 10:27 a. m.  

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